Uma terra com amos.

Desde uma perspectiva extra-parlamentar e anti-institucional nunca tinha visto tantas coisas a acontecer como acontecem agora. No entanto, parece-me um sinal inequívoco do fim dos tempos e de uma tragicomicidade digna de exílio que a acção directa sirva para reclamar emprego.


Do manifesta da iníciativa “No queremos trabajo, queremos diñero” de 2004
Nuestro malestar: el dinero como límite
Parece una sensación generalizada, la de que el destino de cada cual ya no tiene que ver con el de los demás. Cualquier punto de vista sobre la liberación, si quiere estar a la altura de los tiempos, no puede esconder este hecho. Nuestra interioridad, que en otro tiempo fue lugar irreductible de subjetividad resistente, parece haber sido colonizada. Nuestra existencia está más cerca del mercado de valores que del encuentro con un amigo. Debemos confrontarnos permanentemente con un límite impuesto entre nuestra interioridad y nuestra exterioridad. Este límite es el dinero. Cuando el trabajo ha dejado de ser identidad política, el dinero ha venido a sustituirlo para proclamarse nuevo rey de nuestra intimidad. Si poseemos dinero, él nos posee. Si carecemos de él, nos empuja hacia la precarización y la muerte social.
Hay una cita que circula en los textos de los centros sociales okupados y que expresa lo que decimos:
“Lo que mediante el dinero es para mí, lo que puedo pagar, es decir lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades del dinero son mis cualidades (del poseedor) y mis fuerzas esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados por mi individualidad… La diferencia entre la demanda efectiva basada en el dinero y la demanda sin efecto basada en mi necesidad o deseo, es la diferencia entre ser y pensar.”
Pero además de límite surge también un malestar allí donde nuestra vida monetarizada se confunde enteramente con las formas de valorarización del capital. En ese lugar donde nuestra vida no nos pertenece, el poder nos deja vivir una vida. Una vida que se sustenta en el discurso de lo obvio y que transcurre en el espacio de la ciudad-empresa: “vive tu vida, sé creativo y haz de tu ciudad un modelo sostenible, donde reine la paz, la tolerancia y la diversidad”. Este discurso, tan incontestable como hipócrita, que hace posible la movilización general, se sustenta en el hecho de que nuestra interioridad está estrechamente vinculada al poder, en un fondo oscuro ambivalente donde el deseo ya no es garantía de rebelión, sino fuente de creatividad para la publicidad. Pero precisamente porque estamos demasiado comprometidos con el poder, este malestar, nuestro malestar, se produce por una relación problemática entre esa vida (es decir, “nuestra” vida privada) y todo lo que nos es común. Este malestar canalizado hacia la “búsqueda de lo común” (que no es una “potencia” perdida, ni una “vida impropia” por recuperar), se manifiesta en diversas fenomenologías que tienden hacia una desmonetarización de la existencia: como reapropiaciones masivas de mercancía en las periferias urbanas (los Angeles, París), como recuperación de conquistas sociales perdidas (huelga del 95 en Francia) o como economía autogestionada en los centros sociales okupados.

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